martes, 28 de junio de 2011

Deuda Pública: Grecia, Europa, y el mundo. (Parte 1)

En algunas horas, el Parlamento Helénico votará sobre el plan de austeridad propuesto por el Gobierno de Georges Papandreu para salvar al país de la insolvencia financiera. El problema incluye a la Unión Europea, quien se juega mucho en este desastre griego. Pero ¿sólo alcanza a Europa este problema?


En una publicación segmentada en dos partes trataremos el problema del déficit público. En la primera parte, haremos una radiografía del problema que plantea hoy Grecia dentro del marco de la Unión Europea, mientras que en la segunda parte daremos un vistazo a un fenómeno similar que aparece en Estados Unidos. Estableceremos las diferencias entre ambos, y analizaremos la tesis que sostiene que la siguiente crisis financiera global gira en torno a un sólo concepto: Deuda Pública.



Ningún proyecto de cooperación multilateral es semejante (ni siquiera cercano) al ambicioso proyecto europeo de integración. Resultado de una necesidad por la reconstrucción, re-activación económica, y re-inserción de Europa como importante actor internacional, el proceso de la integración europea se ha convertido, con el tiempo, en un modelo de cooperación sin precedentes. Es precisamente este carácter único, carente de referencias externas, lo que ha llevado a concebirlo como un “experimento en movimiento”. Cuando uno elabora un proyecto por primera vez, y sin referencia alguna, se dice que uno “experimenta”, adquiere experiencia sobre algo nuevo, y a partir de esta experiencia, uno puede afinar el proyecto para evitar que vaya hacia lugares indeseados, o mejor aun, para evitar el fracaso. Pero durante la primera vez, durante el experimento, es inevitable caer en el error, olvidar o pasar por alto variables fundamentales para lograr el éxito en la empresa. Estos errores amenazan la subsistencia del mismo proyecto, y sin manual al cual acudir, la improvisación, el análisis, y la veloz y acertada toma de decisiones son la única herramienta.


Hoy la Unión Europea enfrenta uno de estos difíciles momentos, comunes a su naturaleza misma de “experimento en movimiento”. Las circunstancias la han llevado a enfrentar un grave problema: Uno de sus países miembro ha caído en un abismo de deuda pública al que no se le ve salida sencilla. No es el único Estado Miembro con problemas de fuerte endeudamiento, pero sí es el más crítico. ¿Cómo se llegó a este punto? ¿No existen controles dentro de la Unión para evitar este tipo de problemas? El caso Griego tiene sus detalles, y considero importante atravesar su historia para mirar bien estos detalles.

Grecia, al igual que Turquía, era considerado un país con una posición geoestratégica importante. Durante la década de los cincuenta, se consideraba peligroso que estos dos países se encontraran “aislados” de las dos grandes entidades económicas que habían surgido en esos años: La Comunidad Económica Europea (CEE), resultado de los Tratados de Roma; y la Asociación Europea de Libre Cambio, resultado de la reacción de los países europeos occidentales no adheridos a la CEE, liderados por la Gran Bretaña. (Burgos, 1980, 661) De manera que una constante presión por parte de Estados Unidos, con el objeto de lograr la influencia de Occidente en la región, llevó a la CEE a concertar Acuerdos de Asociación con turcos y griegos por igual. El 1 de Noviembre de 1962 entraría en vigor el acuerdo entre la CEE y Grecia, seguido por Turquía dos años más tarde (Burgos, 1980, 662). Lo que impedía entonces que Grecia formara parte de la CEE era su rezago económico, que lo volvía incapaz de soportar la integración en la amplitud contemplada por los Tratados de Roma (Burgos, 1980, 661). Sin embargo, el acuerdo de asociación era muy completo y “preveía de forma coherente la integración de Grecia en la Comunidad” (Burgos, 1980, 664).


Las relaciones Grecia-CEE atravesarían altibajos. Para 1967, el Acuerdo de asociación se congelaría parcialmente tras un golpe de Estado y la llegada de la Dictadura de los “coroneles griegos”. Grecia entonces deja de aspirar a la adhesión, pues no cumple con un criterio político fundamental para la Comunidad: la subsistencia de un régimen democrático. A pesar de que la ayuda financiera dejó de llegar a Atenas, durante este periodo se avanzó en algunas normas del Acuerdo de asociación, en particular las relativas a la unión aduanera (Burgos, 1980, 665). La crisis de 1973 provocaría al interior de la Comunidad Europea un distanciamiento hacia cualquier idea de ampliación, y las posibilidades de Grecia de pertenecer a la Comunidad se disiparían. Sin embargo, Grecia volvería a la democracia en 1974 y solicitaría su adhesión en 1975. La Comisión emitiría un dictamen sobre la petición griega, haciendo énfasis en las complicaciones y dificultades económicas que traería consigo la adhesión. Pero el Consejo, anteponiendo necesidades políticas, se declararía en favor de la petición griega y ordenaría que se iniciaran los procesos para establecer las negociaciones que culminarían con el acuerdo de adhesión lo antes posible (Burgos, 1980, 666-667). 1981 sería el año de ingreso de Grecia a la Comunidad Europea, y se contaría con 5 años de transición según lo dispuesto por el Acta de adhesión para lograr la armonía del nuevo Estado Miembro con la Comunidad (Burgos, 1980).


“Ha predominado la voluntad política sobre los razonamientos puramente económicos”, concluye Burgos acerca de la integración de Grecia (Burgos, 1980). Pero las consecuencias de esta decisión no se harían patentes sino hasta varios años después, posterior a otro paso decisivo en el avance de la integración europea: la entrada en circulación de la moneda única europea.


Para lograr la adopción de la moneda única hubo que hacer trabajo previo, pues la moneda única constituye una de las últimas fases dentro del largo proceso de creación de la Unión Económica y Monetaria Europea. Para dar este paso se fundó en 1994 el Instituto Monetario Europeo (IME) con el objetivo de apoyar la cooperación entre bancos centrales y coordinar las políticas monetarias, algo fundamental si se quiere una sola moneda para distintos Estados. El IME prepararía la creación del Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), que es el conjunto de Bancos Centrales Nacionales de todos los Estados Miembro junto al Banco Central Europeo (BCE), para centralizar la toma de decisiones con respecto a la política monetaria y llevar a cabo las funciones de Banco Central del Euro. Pero se da un fenómeno particular dentro de la Unión Europea: no todos los países miembro de la Unión adoptan el Euro. Sólo aquellos que cumplen con ciertos criterios, y aquellos que cumpliendo con estos criterios han decidido adoptarlo. Se le conoce como “integración diferenciada” al hecho de que no todos los países miembro están forzados a participar del mismo modo y con el mismo compromiso en las políticas de la Unión. En el caso del Euro, se da este fenómeno. Así que, si bien en el SEBC está centralizada la toma de decisiones, existe otro órgano llamado Eurosistema, compuesto por el BCE y los Bancos Centrales Nacionales de cada país que ha adoptado el Euro, y éste es el que se encarga de manejar el Euro en la práctica, a través de reuniones entre representantes de los bancos centrales que toman decisiones, las cuales habrá de implementar el BCE. Así, bajo el órgano del Eurosistema, el BCE lleva la política monetaria de los países que han adoptado el Euro. Pero hay otro aspecto fundamental que debiera manejar el BCE y que sin embargo no lo hace, por razón de soberanía de cada Estado Miembro; me refiero a la política fiscal. Cada Estado Miembro determina su gasto público, y los impuestos a cobrar.


Para lograr la estabilidad monetaria aún sin tener control sobre la política fiscal, la Unión adoptó en 1997 el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, estableciendo un tope al déficit público y a la deuda externa. El déficit presupuestario no debía superar el 3% del PIB, mientras la deuda externa debía permanecer por debajo del 60% del PIB (Sandoval, Beltran, et al., 2011, 3-4). El pacto también buscaba mayor coordinación monetaria y coordinación en políticas económicas. Pero la política económica, y en particular la fiscal, sigue dependiendo enteramente de los Estados miembro. Es aquí en donde el caso griego viene a poner de manifiesto una carencia en el proyecto europeo de integración, y ha puesto en serios problemas al experimento en movimiento.


Grecia se integra a la Eurozona (adopta el Euro) en 2001. Se introdujo una tasa de cambio “irreal” que hizo las exportaciones poco competitivas en el mercado mundial, mientras que las bajas tasas de interés que ofrecía la Eurozona permitieron e impulsaron el crecimiento del consumo financiado a través de deuda (Lancaric, 2010). Con prestamos del exterior a bajas tasas de interés, la deuda pública comenzó su ascenso, teniendo un promedio de 9% del PIB en 2001, hasta alcanzar el 15% en 2008 (Lancaric, 2010). Grecia, como miembro de la UE, logró mantenerse por un tiempo, hasta su inevitable colapso con el surgimiento de una crisis financiera global, que provocó la retención de créditos, y la necesidad de salvar empresas y bancos al borde de la bancarrota.


(Gráfica: The Economist)

Previo a la crisis financiera, la economía griega sufría ya de problemas estructurales, en concreto, el país aún obtenía gran parte de la financiación de su gasto público de prestamos en el exterior, se daba la evasión de impuestos de modo generalizado, existía una mala administración económica, y el gobierno no reportaba cabalmente sus gastos a la Unión. Philip Williams, al preguntarle al Primer Ministro griego George Papandreou ¿en que falló Gracia? Éste respondió: “Corrupción, compadrazgo, política clientelar; mucho dinero se desperdició básicamente a través de este tipo de prácticas.” (Williams, 2010)


Hoy Grecia está obligado a adoptar un plan de austeridad, o declararse insolvente. No puede acudir a otro tipo de maniobras en las que su Banco Central financia parte de la deuda a través de la emisión de moneda (a costa de generar inflación), pues la política monetaria la maneja el BCE. Grecia se encuentra en la necesidad de pagar la enorme deuda contraída, y aún con la asistencia financiera de la UE y el Fondo Monetario Internacional que le otorgaron hasta 110 mil millones de euros, no encuentra salida más que a través de un programa de austeridad que implica recorte de gastos y aumento de impuestos (Lancaric, 2010). Las medidas no cuentan con el apoyo de una población que ha convocado hasta cuatro huelgas generales para impedir que se acepte este plan. El descontento social alcanza a generar incluso encuentros violentos en las calles. Los parlamentarios griegos sufren de una doble presión: por un lado, si no aceptan el plan, la ayuda financiera de la Unión y el FMI se congelarán y Grecia habrá de declararse en bancarrota; por otro lado, de aceptarse las medidas de austeridad, se hace más cercana la posibilidad de una crisis social, pues quienes habrán de pagar, quienes habrán de vivir la austeridad, son los ciudadanos griegos.


La Unión Europea se juega mucho. La crisis de confianza en la Unión se dio una vez se supo de las irregularidades de Grecia, el Euro es víctima de especulación, y la población europea comienza a cuestionar a sus gobiernos sobre la necesidad de rescatar a países que se han “portado mal”. Si no fuera aún suficiente presión, aparecen como espectros de terror otros países de la Unión con problemáticas semejantes que podrían detonar si se permite que Grecia se declare insolvente. La Unión Europea atraviesa una crisis más que requiere de decisiones rápidas y efectivas, y por ello se guarda un “plan b” (La Gaceta, 28 Junio 2011), en caso de que no se acepten las mediadas, y seguramente uno “c” y otro “d”, para permitirse respirar y continuar andando mientras construye un proyecto complicado, del que, sobretodo en momentos de crisis, nadie parece estar convencido.


Un reto más para la Unión Europea que, sin embargo, no anda sola en días de crisis. Tras la crisis de 2008 y el rescate a los grandes bancos para sortear el colapso de las finanzas, quienes ahora sufren por sobrevivir son los gobiernos. Se ha tenido que recurrir a medidas extremas para recortar gastos y solventar el déficit. Y quienes más sufren de este problema son los países del “primer mundo”, que, como bien decía Alberto Aguilar en su espacio de televisión, “ya no parecen ser más un modelo”.







Fuentes:


-Burgos, Pedro (1980), “La adhesión de Grecia a las Comunidades europeas”, Revista de Instituciones Europeas, Vol. 7, No.2, 661-676


-Lancaric, Gene (2010), “The Sovereign Debt Crisis: Origin and Endgame”, ING Investment Weekly, Vol. 16, Issue 17, Obtenido el 28 de Junio de 2011, desde http://www.imakenews.com/ingim01/e_article001744143.cfm


-Sandoval, L., Beltrán, E., Ulziikhutag, S., Zorgit, T. (2011) “The European Sovereign Debt Crisis: Responses to the Financial Crisis”, New Voices in Public Policy, Volumen V, Primavera 2011, Obtenido el 28 de Junio de 2011, desde http://journals.gmu.edu/index.php/newvoices/article/viewFile/261/152


-”A Long Odyssey”, The Economist, Noviembre 28, 2010, Obtenido el 28 de Junio de 2011, desde http://www.economist.com/node/17522434


- Williams, Philip (2010), “Greek Debt Crisis due to Corruption and cronysim: Papandreou.”, ABC News, Obtenido el 28 de Junio de 2011, desde, http://www.abc.net.au/pm/content/2010/s2829311.htm