Hace algunos meses, el Congreso estadounidense discutía el presupuesto que debía aprobarse para el próximo año. La falta de acuerdos entre los congresistas de ambos partidos llevo al borde del “government shutdown” (el gobierno dejaría de proveer servicios por falta de un consenso en el presupuesto). Se evitó momentáneamente el problema, pero quedó manifiesto que la crisis económica se filtraba a la esfera política. La presión de grupos políticos y la cercanía de los tiempos electorales agravan la situación. Tomar decisiones con respecto a una deuda que asciende a los $14 billones de dólares se hace cada vez más complicado.
El problema que hoy enfrenta a los congresistas radica en el hecho de que el límite del endeudamiento público aceptado ha sido alcanzado. Es necesario un acuerdo para aumentar la “línea de crédito” del gobierno. Ambos partidos coinciden en la necesidad de permitir al gobierno endeudarse más, pero no logran acuerdos sobre las medidas que aumentarán los ingresos para reducir el déficit. Discusiones sobre el aumento de impuestos y recorte de gastos alejan a Republicanos y Demócratas que corren contra reloj. El Departamento del Tesoro ha afirmado que para el 2 de Agosto ya no tendrá dinero para cumplir con pagos y gastos necesarios en busca de que el gobierno siga funcionando (The Economist, aquí).
La confrontación es política. Los Republicanos sólo aceptarán un trato en el que no se contemple un aumento a los impuestos, y donde se haga un recorte importante de los gastos gubernamentales. Presión importante para sostener estas exigencias viene de una sección particular de los Republicanos, el Tea Party, que por cuestiones de ideología se niega radicalmente al aumento en el cobro de impuestos para superar el problema. Por otro lado, los Demócratas pretenden un aumento de impuestos además del recorte al gasto, con el objetivo de no restringir demasiado los gastos del gobierno y permitir que se sigan proporcionando una serie de servicios promovidos por la administración de Obama (como lo es el Medicare o la Seguridad Social para pensionados). Según los Demócratas, un recorte al gasto no es suficiente para reducir el déficit, pero para los Republicanos es inaceptable un aumento en los impuestos.
Los Republicanos dominan la Casa de Representantes, resultado de las elecciones de Noviembre pasado. No pretenden aceptar ninguna iniciativa con respecto al límite de endeudamiento del gobierno sin que antes se acuerde un recorte al gasto público. La acción republicana, con miras a retener y asfixiar la financiación de los programas impulsados por el partido Demócrata, tiene mucho de razón electoral. El discurso republicano se centra en detener a un gobierno que se hace cada vez más “grande” ofreciendo servicios que deberían depender de la inicitiva privada, incrementando sus gastos de manera importante. Pero los republicanos parecen haber olvidado que uno de los presidentes que más ha gastado en los últimos 30 años, fue George W. Bush (Slivinski, 2005).
La confrontación política retrasa la toma de una decisión fundamental para que el país continúe funcionando. Con tres semanas por delante como límite, en el acuerdo o desacuerdo político se juega el futuro económico del país. Pero quizá la situación económica no es tan apremiante como en el caso de Europa. A diferencia del endeudamiento público que se da en los países de le Unión Europea, Estados Unidos cuenta con pleno control sobre su política monetaria y fiscal, y a esto se agrega que su moneda, el dólar, es aceptada internacionalmente como moneda de cambio para el comercio entre naciones por su estabilidad. Es decir, Estados Unidos puede recurrir a la impresión de dólares para sortear el problema. Pero el gobierno no puede hacerlo despreocupadamente, pues la opinión pública reclama su lugar en tiempos de elecciones, y algunos (Powell, 2011) sentencian la excesiva intervención estatal como causa de los tiempos difíciles que se atraviesan. La acción de imprimir dólares, de continuar con el gasto público y permitir mayor endeudamiento, ahora deben ser justificadas frente a los ciudadanos estadounidenses. Por otro lado, imprimir dólares significa crear inflación (disminuir el valor del dinero), inflación que será “exportada” al mundo poseedor de dólares, el cual comenzará a encontrar poco conveniente retener una moneda en proceso de devaluación.
¿Amenaza la crisis política y el endeudamiento masivo del gobierno estadounidense con romper la confianza en el dólar y en la deuda estadounidense? ¿Hasta qué punto pueden los estadounidenses seguir recurriendo a la máquina para imprimir dólares y estimular la economía? No creo poseer hoy los suficientes conocimientos para responder a las preguntas, ni sólidos argumentos para convincentemente defender una postura particular. Aún así, las preguntas quedan en el aire para la discusión en este foro. Lo cierto es que la consecuencia que ha dejado el problema de endeudamiento de varios gobiernos alrededor del mundo es una: la polarización política (The Economist, aquí).

Así como en Estados Unidos las fricciones entre Republicanos y Demócratas se agravan al punto de poner en juego el futuro financiero del país, en Europa se pone en juego el futuro de la Unión con la aparición de posturas políticas “euroescépticas” con gran apoyo popular (como los True Finns en Finlandia). La aparición de partidos populistas en tiempos de fragilidad económica amenaza con la radicalización de posturas, aumentando la posibilidad de enfrentamientos. Las discusiones políticas que se dan hoy al centro de los países desarrollados son el eco de una crisis financiera a la que se sigue buscando soluciones. Crisis sociales se asoman intermitentemente, como consecuencia. En Inglaterra los estudiantes se manifiestan contra un aumento en el costo de su educación, mientras el gobierno proclama un plan de ahorro mucho más amplio para solventar un déficit enorme; los franceses se oponen al aumento en la edad de jubilación y organizan huelgas; en España se manifiestan contra el desempleo en las grandes plazas; en Grecia se oponen a las medidas de austeridad en medio de eventos cuyo final ha sido violento. Los gobiernos del “primer mundo” maniobran para salvarse: enfrentan a una oposición política, la cual tiende a aprovechar la precariedad de los tiempos para hacerse de electores, y a su vez, enfrentan un caos financiero que no desaparece desde la crisis de 2008, que nos ha dejado claro, una vez más, los riesgos de un sistema crediticio sin mesura.

Aquellos que no sufren de miopía lograron advertir las grandes consecuencias de la decisión tomada frente al problema financiero; aquellos que gozan de una visión envidiable son capaces de distinguir un proceso mucho más amplio dentro del cual se da esta crisis, cuyas consecuencias están lejos de superarse, y que marca sólo el comienzo de una transformación profunda (siempre se ha tratado de transformaciones profundas). “Y mi noción del conocimiento es: elevar toda profundidad hacia mi altura”, sentencia Nietzsche, y lo comparto. Intentaré hacer claro el proceso de cambio que atraviesa el mundo actualmente a lo largo de las intervenciones que tendré en este espacio. No porque éste carezca de precedentes, ni porque posea cualidades apocalípticas (como muchos quieren ver), sino porque estoy inscrito dentro de aquella escuela de pensamiento que encuentra en el cambio y en el movimiento un apasionante objeto de estudio, esencia de todo lo que es, razón de lo que acontece.
El mundo sufre de cambios, y las cosas no pueden sostenerse siempre como lo habían hecho antes. Los países “modelo” enfrentan severos problemas de financiamiento, y las medidas para solventar estos problemas tendrán como consecuencia una disminución en su crecimiento (The Economist, aquí). Esto permitirá que otros países escalen, aumentando su influencia económica y política, y modificando por completo el escenario que hasta ahora habíamos contemplado. No será un proceso inmediato ni radical, sino paulatino y apenas perceptible en el corto plazo. No se trata de la ruptura con un orden previo, sino la transformación del mismo. No veremos el final de unos y el principio de otros, sino la constante tensión. Y para contemplarlo en su justa medida, será necesario siempre contextualizarlo, insertarlo dentro de la complejidad natural del devenir histórico, para evitar la sobrevaloración, o la subvaloración. Esta es tremenda tarea, en la que no espero encontrarme solo.
Seamos testigos del Juggernaut del tiempo.
(He quedado en deuda. No he podido terminar con el análisis sobre la tesis de una crisis financiera global a raíz de la deuda pública. El tema es complicado, por lo que me tomaré más tiempo para estudiarlo. Pero comparto con ustedes un link donde puede darse una mirada general al planteamiento. Es el artículo de Susanne Trimbath, publicado en NewGeography, titulado “The Next Global Financial Crisis: Public Debt.”: http://www.newgeography.com/content/00905-the-next-global-financial-crisis-public-debt Publicaré sobre el tema en el apartado tercero de esta serie)
Fuentes:
“Bargaining and blackmail”, The Economist, Junio 30 2011, Obtenido el 10 Julio 2011 desde, http://www.economist.com/node/18897489
“Shame on them”, The Economist, Julio 7 2011, Obtenido el 10 Julio 2011 desde, http://www.economist.com/node/18928600
“Countdown”, The Economist, Julio 7 2011, Obtenido el 11 Julio 2011 desde, http://www.economist.com/node/18928901
“Europe and America, increasingly alike”, The Economist, Julio 6 2011, Obtenido el 11 Julio 2011 desde, http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2011/07/debt-crises-0
“Handle with care”, The Economist, Julio 7 2011, Obtenido el 10 julio 2011 desde, http://www.economist.com/node/18928610
Slivinski, Stephen, “The Grand Old spending Party: How republicans became Big Spenders”, Policy Analysis, CATO Institute, no.543, 3 Mayo 2005, Obtenido el 11 Julio 2011 desde, http://www.cato.org/pub_display.php?pub_id=3750
Powell, Scott, “Bernake should stop being coy and support big spending cuts”, Kansas City Star, Jun. 25, 2011, Obtenido el 11 Julio 2011 desde, http://www.kansascity.com/2011/06/25/2974925/bernanke-should-stop-being-coy.html

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